lunes, 22 de diciembre de 2014

Memorias de Kami 7.5 La niña de la colina.

   Había una vez una niña muy, muy pequeña, que vivía en una casa en lo alto de una colina con sus hermanos. La casa estaba alejada de las demás, ya que era la única situada ahí arriba. El resto, estaban en el fondo del valle.
   La niña no tenía ningún tipo de libertad, sus hermanos siempre la mandaban a hacer tareas mientras ellos se pasaban el día acostados o jugando. Por ello, cada mañana antes del amanecer, la niña salía de su casa a ver el amanecer. Era su momento favorito del día.
   Cada mañana hacía lo mismo: buscaba un lugar donde sentarse, disfrutaba del olor del campo y entre el pasto y las flores esperaba a ver el amanecer. Su placer duraba poco, ya que nada más amanecer tenía que seguir con sus tareas del hogar.
   Un día alguien tocó a la puerta...
*Ding Dong*
-¿Quién será?.-Pensó ella.
   Entonces, fue a abrir la puerta, ya que sus hermanos, como siempre, estaban holgazaneando y no querían molestarse en nada, ella siempre tenía que hacerlo todo.
Al abrir la puerta, miró hacia todos lados, no había nadie, nadie estaba delante de la puerta.
-¿Quién habrá sido? Por qué habrán tocado y se habrán marchado sin esperar...-Reflexionaba ella para dentro.
Cerró la puerta y no le dio mayor importancia.
   En realidad, no había mirado bien, ya que en el felpudo de la puerta había una carta, una carta que era para ella, una carta que solo debía leer ella, una carta, que por no detenerse a mirar bien, ya no iba a leer.
   Sus hermanos no paraban de gritarle, a veces los gritos retumbaban por toda la colina. Ella no podía hacer nada, no tenía ningún sitio donde ir y solo podía seguir viviendo aquella tortura. Se conciliaba a si misma pensando en que siempre tendría ese momento de libertad por las mañanas.
   A la mañana siguiente, como cada mañana, la chica salió a volver a ver el amanecer, pero su sorpresa fue otra. Vio la carta, seguía allí, en el suelo. Claro, sus hermanos nunca salían de casa para nada así que nadie la podía haber recogido aun. La niña se agachó lentamente y tomó la carta consigo, cerró la puerta de la casa y se dispuso a buscar la piedra más cercana en la que sentarse a leerla.

Querida niña de la colina:
Espero que estés leyendo esto tú, porque va dirigida a ti, en caso de que estés leyendo esto y no seas la niña de la colina... ¡¿Por qué sigues leyendo?!
   Te escribo esto porque aún siento vergüenza de hablarte directamente. Solo quería que supieras que te veo todas las mañanas, justo antes de irme a dormir. Si, sé que no comprenderás por qué me duermo tan tarde, pero ese no es el motivo por el que te escribo.
   Solo quería darte las gracias. Gracias porque cada mañana, cuando sales ahí fuera y le sonríes al mundo, esa sonrisa llega a mi y me alegra el día. Haya pasado lo que me haya pasado, solo tengo que esperar a ese último momento de mi día para mirar por la ventana y verte, y entonces, solo entonces, mi mundo se detiene y disfruto cada segundo de tu compañía, lejana en la distancia, pero muy cerca de mi emocionalmente.
   Algún día subiré a la colina a verte. Pero aún es muy temprano. Hasta entonces solo me queda desearte un buen día.
Atentamente:
   Un chico del valle.

La niña volvió a doblar la carta con mucho cariño, y se la pegó al pecho pensando:
-¿Quién será? Desde aquí arriba se ven muchas casas, podría ser cualquiera de esas y nunca sabría quién me ha escrito...
   Pasó el tiempo y hace ya un buen rato que había amanecido, la chica había perdido la noción del tiempo.
  De pronto, por la puerta salió su hermano, gritando:
-¡¿Dónde estás?! ¡¿Por qué estás fuera de casa?! ¡¿Dónde están nuestros desayunos?! ¡¡¿¿Acaso alguien te ha dicho que puedes salir??!! ¡Ven ahora mismo!
La chica guardó la carta rápidamente sin que el hermano la viera y fue corriendo a entrar. Antes, su hermano se detuvo delante de la puerta y le dijo:
-¡Que sea la última vez que haces esto, a partir de hoy no podrás salir nunca más al exterior!
Ella agachó la cabeza. No podía decirle nada a su hermano, era el mayor y cuando no le hacía caso solía sufrir las consecuencias, cuando no eran gritos, eran golpes...
Pasaron los días lentamente. El chico del valle cada mañana miraba pero desde entonces no la veía. -¿Dónde estará? Se habrá enfermado... le habrá ocurrido algo peor...
Tras una semana, el chico no aguantaba más, y decidió subir a la cima de la colina para ver a la chica. Se puso sus mejores ropas, preparó algunas cosas para el camino y partió a verla.
Subió y subió la colina y, una vez en la cima, se dispuso a tocar la puerta.
-No. No se si tocar. ¿Y si no me abre ella? ¿Y si abre uno de sus hermanos y ya no me dejan volverla a ver nunca? No puedo arriesgarme. Ya se. !Buscaré su ventana!-Pensó el chico, mientras daba vueltas alrededor de la casa.
-Esa, esa con barrotes debe de ser. Su familia es muy cruel y la tienen completamente encerrada.
El chico cogió una piedra pequeña, y la lanzó a la ventana a la vez que murmuraba:
-Pst pst, pst pst, soy yo, el chico del valle, ¿Estás ahí?
Tomó otra piedra y la volvió a lanzar.
-Pst pst, pst pst.
Entonces, la chica se asomó. Se miraron ambos. El tiempo se detuvo para los dos. Era la primera vez que se veían ambos a la vez. Él ya la había visto a ella pero ella aún no lo conocía a él. Los dos estaban en trance, no querían dejarse de mirar, ambos sentían una paz increíble al mirar al otro. Un pájaro que pasaba volando se posó delante del chico y se puso a cantar. Rompió el trance que los unía y entonces el chico le dijo:
-¿Puedes bajar?-Trataba de decirle el chico, lo más cerca que podía a su ventana.
-Me encantaría, pero mis hermanos me tienen castigada, si trato de salir ahora me harán cosas peores.- Respondió con voz emocionada pero triste.
-No quiero irme sin poder saludarte...-Decía él, destrozado por no poder estar cerca de ella.
-Tranquilo. Hagamos algo. Mañana, antes del amanecer, sube, te estaré esperando.-Dijo ella con la voz aun más emocionada, pero ahora algo más alegre.
El chico asintió con la cabeza, se quedó unos segundos más mirándola, y regresó a su casa del valle.
   A la mañana siguiente, la chica se vistió rápido, a oscuras, ya que aun no había amanecido. Cogió todo, sus mejores ropas, sus objetos de mayor valor y una bolsa donde ya había metido todo lo necesario para llevar.
   Bajó las escaleras con mucho cuidado, salió afuera y mientras cerraba la puerta dijo:
-Aquí os quedáis hermanitos, yo ya no regresaré jamás. Nunca me tratasteis bien y nunca os daréis cuenta del daño que me habéis hecho.
La chica buscó un lugar donde sentarse a esperar y, esperando, se puso a mirar el amanecer. Ya lo echaba de menos, había estado muchos días castigada. El sol salía y ella, cada vez, se sentía más nerviosa. El sol ya estaba fuera del todo, la hierba brillaba por los rayos que chocaban con las gotas de humedad de la mañana. Todo estaba precioso aquel día pero, a pesar de ello, el chico no estaba ahí.
   La niña se puso triste. A punto de llorar se levantó y sacó la carta, que aún la tenía guardada. Desde aquél día no la quería dejar en ningún lugar y siempre la llevó encima. Entonces, presa de la tristeza, abrió la carta, leyó un par de lineas salteadas y, lentamente trató de romperla.
Y fue entonces, antes de conseguir romper un pedazo de la carta, unas manos cálidas le sostuvieron ambos brazos por detrás y, al oído, alguien le susurró:
-Tranquila, ya estoy aquí, y te prometo que ya nunca me apartaré de tu lado.

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